En los últimos 6 años la República Dominicana ha sufrido importantes retrocesos en materia política, económica, social, cultural y educativa —es decir, un retroceso generalizado— que obliga a traer al centro del debate un tema muy conocido, más o menos hablado y sistemáticamente ignorado por todos los actores que componen la sociedad dominicana.
No quiero desviar la intención de esta reflexión ahondando en el lodazal de esta gestión de gobierno, pues perdería mucho tiempo detallando cada uno de los fracasos obtenidos en prácticamente todos los aspectos de gobernanza.
«El principio de continuidad del Estado» se ha convertido en una simple frase que sale a relucir justamente después del 16 de mayo de cada cuatrienio, donde el gobierno entrante se disfraza de oveja mansa para dar la impresión de frescura, madurez y modernidad. Un acto de hipocresía que no se creen ellos mismos, ni los salientes, ni el pueblo; es más bien una costumbre protocolaria vacía.
Las elecciones del 2020 fueron el más reciente ejemplo de la necesidad urgente de trazar un plan de nación que trascienda al gobierno de turno, pero sobre todo al ministro o funcionario de turno. No es apostar a la utopía de arrancar de cuajo la corrupción, no; es apostar a que en el 2050 no nos hayamos convertido en un Estado fallido, en un Haití.
Se rumoró que los resultados de los citados comicios interrumpieron el profundo sueño de Luis Abinader, quien se acostó como candidato de la oposición y se levantó como presidente electo. Sea ese rumor cierto o no, lo que sí resulta irrefutable es que el equipo que le ha acompañado no solo ha carecido de experiencia de Estado, sino también de hojas de ruta claras sobre qué hacer, cuándo hacer y cómo hacer.
La culpa no puede recaer enteramente sobre sus hombros: luego de 16 años consecutivos de gobierno, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se confió y se durmió en sus laureles. Hasta poco tiempo antes de las elecciones, a ningún funcionario de ese gobierno le pasó por la cabeza el proverbio italiano “tutto passa” y aunque sí, definitivamente no existía un plan de sucesión.
Pero tampoco a los sectores sociales y económicos del país parece haberles interesado lo suficiente la organización de su tablero de juego y, al igual que la clase política, tienen una carga de culpa proporcional e ineludible.
Las nuevas generaciones que están heredando los conglomerados económicos deben despertar y entender que las condiciones bajo las cuales sus antecesores construyeron sus fortunas ya no existen, y su permanencia en las próximas décadas dependerá enteramente de abandonar el oportunismo del desorden.
El panorama que se vislumbra para el 2028 luce reconfortante y esperanzador: todo apunta a que el poder recaerá en las manos del estadista vivo más experimentado que ha tenido la República Dominicana en toda su historia y, desde mi perspectiva, será la última oportunidad para trazar una hoja de ruta que defina el destino del país para los próximos 100 años.
En la próxima década el país no resiste que manos inexpertas, torpes e incapaces vuelvan a hacerse con el poder, sin importar las circunstancias, puesto que por razones precisamente ligadas a la impermanencia de la vida, no habrá un estadista experimentado a quien acudir después para que resuelva el desastre dejado.



